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FÁBULA DEL LEÓN Y EL RATÓN
Conviene que seamos generosos con todo el mundo, en la medida de nuestras fuerzas, pues con frecuencia necesitamos la ayuda de alguien más débil que nosotros… De esta verdad dará fe la fábula siguiente:
Un día que salió un ratoncillo de su agujero, muy aturdido, fue a caer entre las garras de un león. El león, rey de los animales, se mostró muy generoso y decidió no comerle y perdonarle la vida. Pero aquella generosidad no había sido gratuita, y el león había visto en el insignificante ratón a un importante aliado.
Aquel fiero animal, había caído en unas redes de las cuales no podía escapar, y de nada le servían sus rugidos y sus temibles garras. En cambio, el ratoncillo… ¡qué bien se movía entre las redes! De este modo, trabajó a fondo con sus minúsculos dientes hasta roer la malla, y conseguir devolverle el favor al león de perdonarle la vida, desarmándole todos los nudos de la malla.
LAS DOS CARAS
Érase una vez un oso que vivía entre la espesura del bosque. Habitualmente, este oso demostraba una gran valentía en cada uno de sus actos, y dicha valentía sumada a su fuerte y gigantesco cuerpo, hacía que ningún otro animal se atreviera a enfrentarle. Se dice que medía de pie casi tres metros de largo y que su fuerza podía aplastar incluso a los hombres.
- Soy el oso más valiente y fuerte del mundo. ¿Acaso existirá alguien capaz de hacerme frente en algún lugar? – Vacilaba frecuentemente el oso, aplaudido por todos los animales del bosque que tendían a acobardarse con su mera presencia.
Sin embargo, a la espalda del oso valiente todos discutían en la búsqueda de un remedio que atemorizara al animal, por raro que fuese, convencidos de que algo tenía que ser capaz de acobardarlo.
- ¡Pero si es el más valiente del mundo! ¿Qué podría asustarle? – Se planteaba angustiado un oso de su misma especie.
Entre todos eran incapaces de dar con una solución, hasta que un día estalló una gran tormenta. Los relámpagos eran inmensos y venían acompañados de truenos que hacían temblar la superficie de la tierra. Y cuál fue la sorpresa de los animalillos del bosque al observar que el oso temido y valiente salía despavorido de su cueva, aterrorizado con el estruendo de aquella tormenta, pidiendo auxilio con fuertes y lastimosos rugidos.
Doña Cebra y Doña Jirafa
Doña Cebra y Doña Jirafa eran dos grandes amigas, y esto se comprobó en cierta ocasión, en la cual doña Jirafa cayó tremendamente enferma de la garganta.
Doña Jirafa se levantó una mañana con la garganta terriblemente inflamada; la sensación de dolor al tragar era muy grande, y por esta causa no podía comerse ni un triste grano de arroz.
Al ver como su salud empeoraba, doña Jirafa pensó que lo más conveniente sería avisar a su buena amiga Doña Cebra, que siempre estaba pendiente de ella.
- ¡Ay, Doña Cebra! ¡Qué mal me encuentro esta mañana! ¡Casi no puedo ni hablar!- Exclamaba Doña Jirafa dirigiéndose a su amiga.
- Voy a ver el aspecto de esa garganta- Dijo Doña Cebra.- ¡Uf! Tiene muy mal aspecto, de manera que iré a la farmacia para ver qué pueden recomendarme para este tipo de dolencia.
Mientras Doña Cebra se dirigía a la farmacia en busca de lo necesario para curar a su amiga, Doña Jirafa decidió meterse en la cama, puesto que de mal que se encontraba no podía ni estar de pie.
Entre tanto, Doña Cebra no conseguía encontrar en ninguna farmacia cercana medicamentos suficientes para la garganta de su amiga, tan larga que era, y ni corta ni perezosa decidió viajar a otro país con más farmacias. Era tanta su preocupación y su sentido de la responsabilidad, que a Doña Cebra no le importaba el medio, sino el fin. Pero al desplazarse a otro país en busca de remedios para la garganta de Doña Jirafa, el viaje se alargó demasiado y, a su vuelta, Doña Jirafa ya se encontraba bien.
Sin embargo, esto no enfadó a Doña Cebra lo más mínimo, y ni por la cabeza se le pasó el lamentarse por la inutilidad de su viaje. ¡Se alegraba tanto de ver a doña Jirafa recuperada!
La verdadera amistad es un gigantesco tesoro, y Doña Jirafa tuvo la suerte de comprobarlo.
FÁBULA DEL LEÓN Y EL MOSQUITO
Se encontraba un día un león, reposando tranquilamente en la selva, cuando un mosquito trompetero decidió declararle la guerra.
– ¡No creas que tu título de rey me inquieta!- Exclamaba el insecto volador desafiante al león, conocido como el rey de la selva.
Tras aquellas palabras, el mosquito, ni corto ni perezoso, empezó a rodear al león volando de un lado a otro, subiendo y bajando, mientras hacía sonar su larga trompeta.
¡El león rugía enfurecido ante el atrevimiento del mosquito! Y a pesar de sus intentos por zafarse, el mosquito le picaba en el lomo, en el hocico y hasta en la nariz, hasta que el león se derrumbó en el suelo por el cansancio.
Se sentía victorioso el mosquito, y alzando de nuevo su trompeta, retomó el camino por el que había venido. Pero tropezó en su marcha el mosquito con una tela de araña, y vencido se vio también.
Y es que no existen nunca peligros pequeños, ni tropiezos insignificantes.
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